martes, 10 de octubre de 2017

Puerto Rico: Bases para la reconstrucción

Tanto la preparación como el impacto y la respuesta al paso del huracán María por Puerto Rico han estado marcados, profundamente marcados, por el carácter socialmente desigual, neoliberal y privatizado (es decir, no planificado, fragmentado y ecológicamente destructivo), al igual que colonial, de la sociedad puertorriqueña. Como indicamos en nuestro primer artículo durante esta emergencia (Algunas lecciones del huracán, publicado en 80 grados), no podemos atender seriamente la reconstrucción si en el proceso no empezamos a también atender estos problemas más profundos.

INFOS. RELACIONADAS:
Algunas lecciones del huracán. Rafael Bernabé 

Rafel Bernabé,
profesor de historia y literatura en la Universidad de Puerto Rico y portavoz del Partido del Pueblo Trabajador.

La preparación desigual refleja las desigualdades que, a pesar de los llamados a la unidad, definen a la sociedad puertorriqueña: los más pobres, los que menos tienen, son los que peor pueden prepararse para el huracán, los que son más duramente impactados por su paso y los que más tiempo requieren para recuperarse, si es que se recuperan.

La fe ciega en el mercado, la iniciativa privada y la competencia como resuelvelotodo y forma de gestionar procesos interdependientes, generan una cultura que no fomenta la previsión consciente, ni la planificación. De ahí que no se aprovechen experiencias como las de Andrew y Katrina, para no hablar de adaptarlas a la realidad insular de Puerto Rico. Esto aplica, no solo a las agencias del gobierno de Puerto Rico, sino también a la burocracia federal de atención a desastres (FEMA). A más de dos semanas del huracán, se han recibido tres de los más de cien generadores grandes que previsiblemente eran y son necesarios para mantener y restaurar el servicio de agua potable con celeridad, para mencionar un ejemplo ofrecido por la prensa.

La privatización y el desmantelamiento del sistema de salud y la dependencia absoluta en el automóvil privado (denunciada desde hace décadas), es decir el desmantelamiento de algunos sistemas públicos y la incapacidad de crear otros, que ya tenía efectos sociales y ecológicos terribles, entorpece tremendamente la recuperación luego del paso del huracán.

La hipertrofia del presupuesto militar en Estados Unidos y otros países conlleva que parte importante del apoyo logístico para la reconstrucción adquiera una dimensión militar: esto no demuestra la bondad del aparato militar, sino hasta qué punto el militarismo acapara recursos que debieran estar en manos de agencias civiles dedicadas a la atención de las necesidades no satisfechas de vivienda, salud, educación, entre muchas otras.

La dimensión económica de la realidad colonial genera los altísimos niveles de pobreza (más de 45% de la población, comparado con 15% en la metrópoli), de desempleo (40% de tasa de participación laboral, comparado con 65% en la metrópoli) y la falta de recursos del gobierno que acentúan el impacto del huracán a la vez que la subordinación y la relegación política se reflejan en la falta de respuesta adecuada de Washington a la urgencia de la crisis (situación que apenas ha empezado a mejorar gracias a las denuncias, sobre todo de la diáspora puertorriqueña y de algunas voces en Puerto Rico).

A los males “normales” del colonialismo se añade el particular fenómeno del Presidente Trump. Este señor se las arregló para primero expresar total indiferencia ante la crisis en Puerto Rico, luego recordarnos que a pesar de todo era necesario pagar la deuda, y más adelante insultar a los trabajadores puertorriqueños. En su visita hizo lo que predijimos: nada. Fue un estorbo. Y además nos insultó, de nuevo minimizando el impacto del huracán y de paso hacer dos o tres chistes mongos en un país que no está para chistes (90% sigue sin electricidad, 50% sin servicio de agua, 70% sin teléfono, no pocos sin acceso seguro a alimentos, agua o medicamentos, entre otras cosas). De las sonrisas de la Comisionada Residente al bajarse del Air Force One, de los alcaldes tomándose el selfie con este notorio racista, xenófobo y machista, no digo nada porque se me revuelca el estómago. Tienen un lugar seguro en la galería que algún día se construirá de las vergüenzas del colonialismo en Puerto Rico.

Como indicamos, la reconstrucción no puede limitarse a restablecer la electricidad, el agua y los teléfonos, aunque empieza por eso, sin duda. Tenemos que redoblar el esfuerzo por atender los problemas que emanan de la desigualdad social, de las políticas y prácticas neoliberales y del doble problema colonial, tanto de unilateralidad económica como de subordinación política. Sobre todo esto, el huracán reafirma la justeza de propuestas que ya habíamos formulado –sobre la deuda, sobre PROMESA, la aportación federal a la recuperación económica y la descolonización–. También impone actualizar y modificar algunas de esas propuestas.

Sobre la deuda

Hasta ahora habíamos planteado la necesidad de la auditoría, la anulación de la parte ilegal, inconstitucional e ilegítima de la deuda y la renegociación de la parte restante con la prioridad de garantizar las pensiones, servicios esenciales y la recuperación económica. Ante el impacto catastrófico del huracán, esta propuesta debe transformarse en la exigencia de la anulación de la deuda, lo cual no excluye completar la auditoría. La base legal del planteamiento son las reconocidas doctrinas de la fuerza mayor y el cambio de circunstancias al igual que el estado de necesidad. La primera situación existe cuando “a government or public body finds itself, due to external circumstances beyond its control, unable to fulfill its international obligations, including repayment of a debt.” El segundo caso existe cuando el pago de la deuda impediría al Estado garantizar las necesidades de la población. No se trata, explican los autores que citamos, de que el gobierno esté “absolutely prevented from fulfilling international obligations but of recognizing that to do so would necessitate sacrifices on the part of the population that go beyond what is reasonable. The state of necessity may justify repudiating the debt, since it implies establishing priorities among the different obligations of the state.” (Eric Toussaint, Damien Millet, Debt, the IMF and the World Bank, New York: Monthly Review, 2010, pgs. 246-47) Como puede verse, estas descripciones aplican claramente a nuestro caso.

Según la prensa, la alcaldesa de San Juan propuso una moratoria de diez años al pago de la deuda. Es un paso al frente, pero solo como tiempo para fundamentar debidamente el alegato y emprender la acción hacia la anulación, como hemos indicado. Hasta el mismo Trump ha hecho declaraciones en el sentido de anular la deuda (“wipe out” fueron sus palabras), que luego fueron desmentidas por uno de sus directores de finanzas. Otros plantean que detrás de la propuesta de Trump se encuentra la apreciación de algunos importantes bonistas de que, dadas las circunstancias, podrán cobrar más si se anula la deuda y negocian lo más posible como pago de las casas aseguradoras. No sabemos. Pero nuestra posición no depende de estas maquinaciones de los grandes acreedores o de la impulsividad de Trump. Nuestra exigencia es clara: anular la deuda por causa de fuerza mayor, cambio fundamental de situación y estado de necesidad.

Sobre la aportación federal

Habíamos señalado nuestro derecho a una aportación federal significativa a la recuperación económica. La crisis provocada por el huracán ha obligado a que esto (que se nos decía era imposible) empiece a hacerse (apoyos que ya están llegando, suspensión de leyes de cabotaje) y a discutirse a través de proyectos de ley bajo consideración del Congreso. Sobre esa legislación, se habló inicialmente de una aportación de $7 a $10 mil millones, luego se habla de una aportación de $29 mil millones a FEMA, que esa agencia distribuiría entre Florida, Texas, Islas Vírgenes y Puerto Rico. Tanto las cantidades como este diseño son insuficientes e inadecuados. Puerto Rico no es un caso entre otros: es un territorio colonial que acarrea problemas iniciales mucho más profundos, de los cuales el Congreso es, al menos en parte, responsable (como ha reconocido el mismo partido de gobierno: véase el preámbulo de la Ley 51 de 2017, la ley del plebiscito). Necesitamos asignaciones para la reconstrucción económica de Puerto Rico, no solo la recuperación post-huracán. Harían falta, en todo caso, al menos $5 mil millones anuales (que dicho sea de paso, en el presupuesto federal es poquísimo: alguien en la prensa estadounidense lo comparaba con el gasto de $80 de una persona con un ingreso de $50 mil). Este apoyo no es una ayuda, no es caridad, es algo a lo que tenemos derecho como resultado de las consecuencias terribles de más de un siglo de subdesarrollo colonial, del cual las empresas externas, fundamentalmente estadounidenses, han extraído y extraen fabulosas ganancias (más de $30 mil millones anuales, en la actualidad): es lo que en Jamaica y otros lugares llaman reparaciones por el impacto y el legado de la dominación colonial.

En el caso de Puerto Rico tenemos el precedente del proyecto del Representante Vito Marcantonio en 1936, que disponía el pago de tales compensaciones a un Puerto Rico descolonizado. En actualidad, puede servir de punto de partida el proyecto de ley sobre la deuda y otros temas sometido por el Senador Bernie Sanders en 2016 que debe ser mejorado con enmiendas (sobre la forma de asignación de fondos, la manera de atender el tema del status, entre otros aspectos). Desde la campaña del PPT en 2012, cuando aún estaba fresca la experiencia de la crisis financiera de 2008, indicamos que si se podía encontrar en pocas semanas $700 mil millones para rescatar a los bancos, debía hacerse lo mismo para rescatar a los pueblos. De allá para acá han continuado las políticas, como el llamado Quantitative Easing, que inyectan miles de millones a la banca. ¿Hasta cuándo seguirá el rescate de los grandes y el abandono de los pueblos?

Evidentemente, todo esto debe conllevar la revocación de la Ley Promesa, cuya estrechez para atender los problemas de Puerto Rico es ahora más evidente que nunca. Lo único que debe mantenerse de aquella legislación es la protección (stay) de acciones legales de los acreedores.

Demás está decir que esto debe acompañarse de una nueva política económica que enfatice la reinversión en el país de las ganancias que aquí se generan y la redistribución más equitativa del ingreso y la reorganización participativa del trabajo en los sectores públicos y privados. Sin esas medidas, todo el discurso de unidad, el “united we stand” del editorial del Nuevo Día con motivo de la visita de Trump, se convierte en palabra vacía que encubre la realidad de una sociedad profundamente dividida. No dividida por los partidos, como a veces se dice superficialmente: los partidos pueden desaparecer mañana y Puerto Rico seguirá igualmente dividido entre poseedores y desposeídos, ricos y pobres, privilegiados y desamparados.

Sobre la movilización

Nada de esto (anulación de la deuda, aportaciones) puede lograrse, por supuesto, sin la movilización: la movilización en Puerto Rico, la movilización en Estados Unidos, tanto de la diáspora boricua como de otros sectores afines. La experiencia del huracán ha sido una muestra magnífica de que esa denuncia, esa movilización funciona. La presidencia de Trump está generando resistencias de todo tipo a sus políticas: movimientos que exigen para el pueblo de Estados Unidos lo mismo que exigimos para Puerto Rico (impuestos a gran capital, proyectos de empleo e infraestructura, energía renovable, reducción del gasto militar a favor del bienestar social, etc.) Tenemos que vincularnos a esas resistencias y lograr que nuestro programa (anulación de la deuda, aportación a la reconstrucción, descolonización, etc.) se convierta en parte de su programa. Pero para eso tenemos que formularlo y defenderlo en Puerto Rico: como dice el refrán, la ayuda llega a quien se ayuda.

Para ayudarnos a atender el problema colonial, que tan crudamente se ha planteado durante esta crisis, tenemos al alcance la convocatoria de una asamblea constitucional de status, que hable, como representante del país, ante el Congreso. ¡Cuánto mejor estaríamos hoy si en lugar de malgastar millones en un plebiscito inútil tuviésemos ese organismo en funciones, compuesto por delegados y delegadas comprometidos con el bienestar de la mayorías, para exigir con fuerza renovada lo que el país necesita ante esta crisis! Aunque subrayo lo ya dicho: esta asamblea tendrá tanta fuerza como le otorgue la movilización fuera de la asamblea.

Como indiqué en mi primer artículo, la situación actual se asemeja a la de principios de la década de 1930: el país azotado por dos huracanes (San Felipe y San Ciprián), agobiado por una economía unilateral y colonial (la economía cañera de aquella época), sumido en la depresión económica. De esa crisis se salió gracias a grandes movimientos que formularon programas de reforma agraria, ampliación del sector público, derechos laborales y descolonización. El más influyente de todos, el PPD, luego abandonó lo que inicialmente había defendido. Necesitamos los equivalentes del siglo XXI de aquellos movimientos y la constancia que otros no tuvieron. Esas fuerzas solo pueden surgir de la organización del pueblo trabajador para la defensa de sus intereses. La clase trabajadora, en el sector privado y público, los profesionales independientes y asalariados, los agricultores, que en este momento están restableciendo el servicio eléctrico, de agua, de teléfono, de salud, de combustible, de carreteras, de distribución de alimento, los que están reconstruyendo a Puerto Rico, día por día y hora por hora, son los que también pueden crear un Puerto Rico distinto. La reconstrucción de Puerto Rico, de un Puerto Rico distinto, democrático, solidario, sustentable y descolonizado pasa por la construcción de ese movimiento independiente del pueblo trabajador.

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