lunes, 13 de enero de 2014

"Pacifista, héroe...” y carnicero. Sharon, el guerrero moral

Cualquier otro líder de Medio Oriente que sobreviviera ocho años en coma habría sido tema favorito de todos los caricaturistas del mundo. Hafez Assad habría aparecido en su lecho de muerte, ordenando a su hijo cometer masacres; Jomeini habría sido dibujado exigiendo más ejecuciones mientras su vida se prolongaba hasta el infinito. Pero en torno de Ariel Sharon –el carnicero de Sabra y Chatila para casi todo palestino– se ha tendido un silencio casi sagrado.
-> Viñeta: Pacogarabato, en KaosenlaRed
-> Tras este artículo: "Sharon, el guerrero moral"
Robert Fisk, en The Independent / Página12

Maldecido en vida como asesino por muchos soldados israelíes, así como por el mundo árabe –que ha sido bastante eficaz en masacrar a su propio pueblo en años recientes–, Sharon fue respetado en sus ocho años de muerte virtual: ninguna caricatura sacrílega dañó su reputación, y sin duda recibirá el funeral de héroe y pacifista.

Así recomponemos la historia. Con qué rapidez los chupamedias periodistas de Washington retocaron la imagen de este hombre brutal. Luego de enviar a la milicia libanesa consentida de su ejército a los campos de refugiados de Sabra y Chatila, en 1982, donde fueron masacrados hasta 1700 palestinos, una investigación realizada por el propio Israel anunció que Sharon tenía responsabilidad personal por ese baño de sangre.


Fue él quien condujo la catastrófica invasión israelí de Líbano tres meses antes, contando a su primer ministro la mentira de que sus fuerzas sólo avanzarían unos kilómetros más allá de la frontera, y luego puso sitio a Beirut, al costo de unas 17 mil vidas. Pero al reascender con lentitud en la peligrosa escalera política israelí, resurgió como primer ministro, retirando los asentamientos judíos de la Franja de Gaza y por tanto, en palabras de su vocero, poniendo en formaldehído cualquier esperanza de un Estado palestino.

Para el tiempo de su muerte política y mental, en 2006, Sharon –con ayuda de los crímenes de lesa humanidad de 2001 en Estados Unidos y su exitosa pero mendaz afirmación de que Arafat había respaldado a Bin Laden– se había convertido nada menos que en pacifista, mientras Arafat, quien hizo más concesiones a las demandas israelíes que cualquier otro dirigente palestino, era retratado como superterrorista.
El mundo olvidó que Sharon se opuso al tratado de paz de 1979 con Egipto, votó contra una retirada del sur de Líbano en 1985, se opuso a la participación israelí en la conferencia de paz de 1991 en Madrid y al voto del pleno de la Knesset a favor de los acuerdos de Oslo de 1993; se abstuvo en una votación por la paz con Jordania al año siguiente y votó contra el acuerdo de Hebron en 1997. También condenó el método de retirada de Israel de Líbano en 2000 y para 2002 había construido 34 nuevas colonias judías ilegales en tierra árabe.
¡Vaya un pacifista! Cuando un piloto israelí bombardeó un conjunto de departamentos en Gaza, matando a ocho niños junto con el mando de Hamas, que era su objetivo, Sharon describió la operación como un gran éxito, y los estadounidenses callaron, porque él se las ingenió para imbuir en sus aliados occidentales la extraña noción de que el conflicto palestino-israelí era parte de la monstruosa batalla de George W. Bush contra el terror mundial, de que Arafat era un Bin Laden y que la última guerra colonial del planeta era parte del enfrentamiento cósmico del extremismo religioso.
La pasmosa –en otras circunstancias, hilarante– respuesta política a la conducta de Sharon fue la afirmación de Bush de que el israelí era un hombre de paz. Cuando llegó a primer ministro, los perfiles en los medios no destacaban la crueldad de Sharon sino su pragmatismo, evocando una y otra vez que era conocido como El Bulldozer (“la topadora”).
Y, desde luego, años después de la muerte de Sharon entrarán bulldozers de verdad a limpiar terreno árabe para más colonias judías, y así asegurarán que jamás de los jamases habrá un Estado palestino.

Sharon, el guerrero moral

Joan Cañete Bayle, en su blog Décima Avenida 2.0

En un día lluvioso, desapacible como son estos días en Israel, el entonces corresponsal del ABC en Jerusalén, Juan Cierco, y yo nos acercamos al rancho de los Sicamoros, en el Neguev, en busca de la tumba de la segunda esposa de Ariel Sharon, Lily, el lugar donde el entonces (principios del 2006) aún primer ministro había dicho que quería ser enterrado. Sharon acaba de sufrir su derrame cerebral, y nuestra intención (fotografiar el lugar y echarle un vistazo para describirlo en una crónica) se quedó en agua de borrajas, nunca mejor dicho. Supongo que ahora que parece que sí acaban sus casi ocho largos años de agonía Sharon descansará finamente en esas hermosas tierras, como era su intención confesa.
La vez que he estado más cerca de Sharon fue en una rueda de prensa para los corresponsales extranjeros acreditados en Israel en el King David. No recuerdo muchos detalles de la  conferencia de prensa (eran los días previos a la salida de Gaza, así que probablemente volvió a repetir su discurso de las “dolorosas concesiones” para lograr la paz) salvo la constatación de que su imponente figura, física y política, se bastaba por sí sola para llenar la sala.
Si alguien ha personificado en Occidente, a ojos de los pro-palestinos, todos los males de Israel, ese es Ariel Sharon. Los motivos son harto conocidos. Sabra y Shatila, sus decisiones como ministro de Defensa, sus políticas de represalias contra civiles por las acciones de los grupos armados palestinos, su apoyo a la expansión de los asentamientos… Durante décadas fue una figura básica del paisaje político israelí, y así como Shimon Peres se convirtió, a ojos internacionales, en la paloma por antonomasia, Sharon fue el halcón; el bueno y el malo, el tipo que habla tanto de paz que seguro que con él se conseguiría y el general contra el que en Bélgica empezó a practicarse algo parecido a la justicia internacional que ahora deja a tantos militares israelíes en casa. Como todos los reduccionismos, falsos: las palomas son al menos igual de responsables que los halcones de la ocupación. Al menos.
En su autobiografía, ‘Warrior’, Sharon no sólo no refuta muchas de las acusaciones sino que las explica, incluso se jacta de alguna de ellas (esa historia de cómo destruía casas de niños palestinos que lanzaban piedras contra tropas israelíes explicada en primera persona…) Sharon se ve a sí mismo como un guerrero moral de Israel: hay una causa superior que es intrínsecamente buena desde un punto de vista moral que es por la que él lucha. En el fondo, el general se consideraba como una persona eminentemente moral; por ese motivo todo, o casi todo, está justificado.
En pleno barrio musulmán de la Ciudad Vieja de Jerusalén, en el camino que desemboca en el Muro de las Lamentaciones, hay una casa con una gran bandera de Israel. El Sharon colono la compró e incluso vivía allí varios días a la semana. En su momento fue un gran escándalo; ahora esa parte de la Ciudad Vieja está llena de turistas judíos y de ultraortodoxos que acuden al lugar sagrado del judaísmo, y nadie se rasga las vestiduras. De hecho, algo similar sucede en toda la ciudad; la galopante judaización está convirtiendo a los barios árabes en eso tan ’cool’ que se llama barrio mixtos. Lástima que no hablemos de tolerancia sino de ocupación.
El problema, para el sionismo, es que los árabes, más o menos,  siguen donde estaban; es decir, que al ocupar más y más tierra se asimila al mismo tiempo más y más gente. La enfermedad impidió a Sharon completar el trabajo que emprendió en el 2005 con el desalojo de las colonias de la franja de Gaza, que no era otro que fijar las fronteras definitivas de Israel y, por tanto, la de Palestina:
“A grandes rasgos, desde el 2005 hay dos visiones de futuro de Israel. El ideal sionista tenía dos pilares: la tierra y la demografía. En el 2005, Ariel Sharon decidió sacrificar la tierra (Gaza entera, algunas pequeñas partes de Cisjordania) a cambio de garantizar la demografía, es decir, la mayoría judía del Estado. En eso es lo que piensa el sionismo cuando habla de dos Estados: Israel no quiere, ni puede, gestionar la vida de los palestinos por varios motivos: porque entonces pronto no habrá una mayoría judía o porque, por definición, un Estado ocupante no es un Estado democrático. Urge, por tanto, que los palestinos tengan un Estado propio. Llegados a este punto, se trataba de que los palestinos firmaran un acuerdo que beneficiara territorialmente lo máximo posible a Israel. A ello se dedicó Sharon primero y Ehud Olmert, después, con el apoyo de Mahmud Abbás. Sin éxito, entre otros motivos porque a ello se opusieron Hamas y Binyamin Netanyahu; porque Abbás nunca ha tenido ni fuerza, ni credibilidad ni legitimidad para firmar nada; y porque los “dolorosos sacrificios” de Sharon en realidad no lo eran tanto.
Netanyahu no cree en los dos Estados. Sharon abandonó el Likud y montó Kadima por este motivo. Netanyahu tiene su propio concepto del Gran Israel: no ve problema en que Israel controle toda la tierra y que los palestinos en ella sean habitantes sometidos. El inevitable precio democrático a pagar, el hecho de que para que esto suceda sea necesario levantar un régimen de apartheid con sus bantustantes en los que concentrar a la población palestina, no molesta a Netanyahu. De ahí el crecimiento de los asentamientos; de ahí las operaciones militares; de ahí su pacto con Avigdor Lieberman. De ahí que día a día el objetivo de Netanyahu sea hacer inviable un Estado palestino.
El problema lo tiene Israel. Porque el análisis de base de Sharon continúa siendo cierto. Un Israel perpetuamente ocupando los territorios y sojuzgando a sus habitantes tendrá la tierra, pero no será un Estado judío demográficamente hablando ni democrático, entre otros motivos porque los palestinos ya han demostrado sobradamente durante décadas que tienen capacidad de resistir. Además, un Estado de este tipo corre el riesgo de sufrir boicots y aislamiento internacional, como ya sucede.
Es malsano y paradójico, pero cada metro de nuevo asentamiento construido, cada bomba que cae en Gaza, cada paletada de cemento en el muro dinamita a la larga la misma existencia de Israel. Porque cuanto más inviable es un Estado palestino, que ya lo es, más inviable es un Estado de Israel que no sea un muro de hierro. Y eso, a la larga, como vio Sharon, también es insostenible”.
Es la diferencia, en el fondo, entre el general y el político; entre el militar y el neocón; entre el último de una estirpe de milicianos-militares-políticos sionistas y el primero de una casta política formada en las universidades y los ‘think tanks’ de EEUU; entre Sharon y Netanyahu: que el guerrero sólo piensa en la guerra y el político no ve más allá de las batallas.

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