jueves, 8 de octubre de 2015

Walter Benjamin y Trotsky: “Sobre una relación de afinidad electiva”

Hace 50 años, a algunas semanas de distancia el uno del otro, dos figuras centrales de la cultura y del pensamiento marxistas de este siglo encontraron la muerte: León Trotsky y Walter Benjamin. El primero, exiliado en México, fue asesinado con un piolet por un agente estalinista; el segundo se suicidó en Port-Bou, en la frontera española, por temor a ser entregado a los nazis quienes acababan de ocupar Francia, la tierra en que vivió desde su exilio después de 1933. No hay ningún azar en este doble aniversario. Víctimas respectivamente del estalinismo y del fascismo, Trotsky y Benjamin encarnan –en planos diferentes– la lucha por la utopía comunista en medio de un mundo que marcha hacia la catástrofe; es por ello que sus muertes se nos presentan  cargadas de un fuerte valor simbólico.

Enzo Traverso, historiador italiano, en Walter Benjamin et Trotsky: ‘Sur une relation d’afinité elective’”. Tomado de revista Los Heraldos NegrosTraducción: Gerardo S. Rayo

 En principio, esta comparación puede parecer extraña. ¿Qué tienen en común el dirigente de la revolución de Octubre y un sombrío crítico literario alemán, reticente a toda forma de militancia política? Nunca se encontraron en vivo y en persona, pero 1940 pone en relación sus muertes. La noticia del asesinato del antiguo dirigente del Ejército Rojo recorre el mundo, mientras que la muerte de Benjamin pasó totalmente desapercibida, incluso para sus amigos más íntimos que no lo supieron sino con retraso. Se podría decir que ellos dos eran marxistas, aunque ciertamente Benjamin no escribió jamás una obra de análisis social y político como La Revolución traicionada, ni Trotsky un texto profundamente impregnado de mesianismo y de religión como las Tesis sobre la filosofía de la historia. Se podría entonces agregar que ellos dos eran judíos, pero ¿qué había en común entre los campesinos judíos de un pueblito de Ucrania y la familia israelita de un vendedor de arte berlinés? Este elemento era notable sólo para las autoridades nazis que odiaban al "judeo-bolchevique" de Trotsky y perseguían a Benjamín, culpable de ser al mismo tiempo judío y marxista.

     Sus orígenes, sus formaciones culturales, sus experiencias políticas, en una palabra, sus vidas fueron profundamente diferentes. Sin embargo, es posible establecer ciertas correspondencias importantes en su forma de pensar y, en general, en su pensamiento político. El nombre de Benjamin nunca figura en los escritos de Trotsky y no sabemos si el revolucionario ruso exiliado tuvo alguna vez la oportunidad de leer las páginas literarias de Frankfurt 'Zeitung; en cambio, sabemos que Benjamín leyó atentamente varias obras de Trotsky que lo marcaron profundamente. En 1926, Benjamin había leído ¿A dónde va la Gran Bretaña? y, al año siguiente, en un artículo consagrado a "La nueva literatura rusa", él citaba con mucha admiración la crítica de Proletkult, desarrollada por Trotsky en Literatura y Revolución, que coincidía en varios aspectos con la suya.[2] Ellos compartían la opinión de que la tarea de la revolución no era crear una nueva "cultura proletaria", sino más bien la de permitir a los explotados asimilar la cultura acumulada durante la historia, a lo largo de un pasado marcado por el sello de la dominación de clase (es decir, en este sentido, una cultura "burguesa"). En su juventud, habían rendido homenaje a la tradición literaria clásica consagrando estudios notables y críticos respectivamente a Goethe y a Tolstoi. Más tarde, ellos compartieron un interés común por el freudismo y la vanguardia artística y literaria, particularmente por el surrealismo. En su célebre Manifiesto por un arte revolucionario independiente redactado en México en colaboración con André Bretón, Trotsky insertaba un pasaje en el que afirmaba con fuerza el principio de una libertad total en la creación artística: "toda licencia en arte"[3]. Esto recuerda de cerca las consideraciones que hacía Benjamín en 1929 a propósito del surrealismo, un movimiento en el que él reencontraba "un concepto radical de libertad" que Europa parecía haber perdido después de Bakunin.[4]

     En una carta que data de la primavera de 1932 dirigida a Gretel Adorno, Benjamin escribía, a propósito de la Autobiografía y de Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, que, "desde hace años", no había asimilado nada "con una tensión igual, capaz de dejar sin aliento."[5] Al momento de su viaje a Moscú, entre diciembre de 1926 y febrero de 1927, el Partido Comunista de la Unión Soviética era sacudido por la lucha de la Oposición de Izquierda contra Stalin. Benjamin no se había interesado mucho por los asuntos internos de Rusia. Radek y Lunacharski no le causaron una gran impresión, y no podía seguir las discusiones animadas de sus amigos sobre los conflictos fraccionarios que desgarraban al partido en el poder, porque se celebraban en ruso. Sin embargo, él debía retener algunos ecos ya que observaba, en su Diario de Moscú, que en la Unión soviética el régimen trataba “de parar la dinámica del proceso revolucionario” y concluía que el país estaría en lo sucesivo, "se quiera o no entre en la restauración."[6] En 1937, leyó La Revolución Traicionada, que había sido objeto de un informe elogioso por Pedro Missac en los Cuadernos del Sur y la reflexión sobre Trotsky fue abordada repetidas veces durante sus discusiones con Bertolt Brecht en Dinamarca. Bajo la influencia de Karl Korsch, Brecht manifestaba cierta simpatía hacia la crítica trotskista del estalinismo y de la teoría del "socialismo en un solo país". En el momento de una conversación, Brecht calificaba a la URSS de "monarquía obrera", y Benjamin la comparó con las "fantasías grotescas de la naturaleza que son extraídas del fondo de los mares bajo la forma de un pez cornudo o de algún otro monstruo."[7] Su desconfianza respecto del estalinismo se acentuó con la decepción engendrada por el Frente popular francés y por la derrota de la República española, para transformarse en un rechazo radical después del pacto germano-soviético de 1939, estigmatizada en las Tesis por la denuncia de los políticos que "agravan su derrota traicionando su propia causa."[8] La simpatía de Benjamin por Trotsky también es subrayada por diferentes testigos que lo encontraron durante los años 1930. Según Werner Kraft, Brecht estaba "contra Stalin, y Benjamin por Trotsky." Jean Selz, que conoció a Benjamin en 1932 en las Islas Baleares, precisa que era partidario de un "marxismo abiertamente antistalinista; él manifestaba una gran admiración por Trotsky".[9]

     Pero esta extraña afinidad, entre dos figuras tan diferentes como el fundador de la Cuarta Internacional y el autor de París capital del siglo XIX, no se limitaba a la simpatía hacia el surrealismo y a la crítica de la URSS burocratizada bajo Stalin, sus escritos ocultan un análisis de varios aspectos similar al de la socialdemocracia y del marxismo positivista de la II Internacional. Ellos no escatiman palabras para rechazar y refutar una concepción evolucionista y objetivista que veía el socialismo como el producto ineluctable de las "leyes naturales" de la historia y atribuía al movimiento obrero sólo la tarea de consolidar sus conquistas, en la espera pasiva del advenimiento automático de un nuevo orden. Esta pasividad pronto se había transformado en conservadurismo burocrático de los aparatos y en el temor feroz de toda ruptura revolucionaria. Antes de la Primera Guerra mundial, los socialdemócratas rusos, alemanes y austríacos criticaban la teoría de Trotsky sobre la revolución permanente por su carácter "utópico", reprochándole sobre todo no respetar las "leyes objetivas" del desarrollo social y de querer transformar la revolución rusa —democrática, antiabsolutista y "antifeudal"— en revolución socialista. Contra la banalidad evolucionista de la gran mayoría de los marxistas rusos, Plejanov a la cabeza, Trotsky pensaba que ninguna ley de bronce de la historia condenaba a la sociedad rusa a sufrir una larga época de crecimiento económico capitalista antes de la conquista proletaria del poder. A pesar de su aparente inmovilismo, la formación social rusa estaba sometida a un desarrollo desigual y combinado que yuxtaponía el universo arcaico de los mujiks y la modernidad industrial. Los más "occidentalistas " entre los intelectuales de Moscú y San Petersburgo consideraban herética la idea de edificar el socialismo en la Rusia de los zares y de las isbas, y depositaban todas sus esperanzas en una burguesía liberal inexistente. La Revolución de Octubre, que dio razón a la teoría de la revolución permanente de Trotsky, fue percibida por muchos socialistas formados en la escuela de la II Internacional como una aberración histórica. En 1921, en el momento del III Congreso de la Kominterm Trotsky escribía que "la fe en la evolución automática es el rasgo más importante y más característico del oportunismo."[10] Él afirmará más tarde, al referirse a la obra de Kautsky que el marxismo de la II Internacional se había formado en una época de desarrollo "orgánico " y pacífico del capitalismo, grosso modo entre la derrota de la Comuna de París y la Primera Guerra mundial, y llevaba dichos estigmas. La guerra, la crisis del capitalismo y el ascenso de la reacción habían puesto fin precipitadamente a las ilusiones ciegas de un crecimiento ininterrumpido de las fuerzas productivas y de un avance irresistible de la socialdemocracia.

     Benjamin, que no había aprendido el marxismo en los libros de Kautsky sino más bien gracias a una obra heterodoxa como Historia y conciencia de clase de Lukacs, formuló por primera vez su crítica de la socialdemocracia en un estudio de 1937 sobre el historiador y coleccionista alemán Eduard Fuchs. A finales del último siglo, escribía Benjamin, una forma de determinismo evolucionista y una fe ciega en el progreso se habían apoderado de la socialdemocracia que, en lo sucesivo, concebía la historia como un desarrollo orgánico y continuo, que no se puede detener,  ironizaba sobre el positivismo ingenuo del socialista italiano Ferri, que derivaba la táctica del movimiento obrero de las "leyes naturales", distinguía los procesos sociales entre "fisiológicos" y "patológicos" y atribuía las "desviaciones anárquicas" de la izquierda a un conocimiento errado de la geografía y de la biología. "La concepción determinista, añadía Benjamin, va por tanto, a la par de un optimismo indestructible." Por consiguiente, el "partido estaba muy poco dispuesto a arriesgar lo que había conquistado. La historia tomó rasgos ‘deterministas’. La victoria no podía faltar."[11] Esta crítica de la idea de progreso y del fatalismo reformista será acabada en 1940 en las Tesis con las palabras siguientes:

Tal como lo imaginaba el cerebro de los socialdemócratas el progreso era en primer lugar, un progreso de la misma humanidad (no simplemente sus aptitudes y sus conocimientos) era, en segundo lugar, un progreso ilimitado (correspondiente al carácter infinitamente perfectible de la humanidad), en tercer lugar, se lo veía esencialmente continuo (automático y siguiendo una línea recta o una espiral).[12]

     Es contra el fetichismo de la técnica, el fatalismo histórico, el naturalismo y el cientificismo de la socialdemocracia, que Benjamin redescubría la figura de Auguste Blanqui, cuya actividad revolucionaria no suponía "de ninguna manera la fe en el progreso" sino se fundaba más bien sobre el deseo "de eliminar la injusticia presente."[13]

     Así como él mismo lo recuerda en su autobiografía, Trotsky se había formado en la escuela antipositivista de Antonio Labriola y había encontrado la hostilidad abierta de Plejanov desde su llegada a Suiza a principios del siglo XX. Luego, manifestó una desconfianza considerable respecto del neokantismo, de los austromarxistas que él frecuentó durante unos años, en el momento de su exilio (1907-1914) en Viena. Sin embargo, a pesar de su crítica del positivismo de la II Internacional, su formación intelectual era la de un marxista ruso rigurosamente aufklarerisch y racionalista, para el que la herencia de las Luces era mucho más importante que las fuentes románticas de las cuales Benjamín extrajo los elementos de su crítica de la modernidad industrial y capitalista. Esto, me parece, hace todavía más notable y sorprendente la correspondencia de su oposición a la socialdemocracia. En un texto escrito en 1926, con motivo del 1er congreso de los Amigos de la radio, en el que no faltaron las apreciaciones un poco ingenuas en cuanto a las potencialidades de la técnica, —mismas que se encuentran por otra parte en un estudio como “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, escrito por Walter Benjamín en 1935— Trotsky se distanciaba de una visión determinista de la historia dominada por la idea de progreso:
   
Los sabios liberales, escribía él, describieron comúnmente el conjunto de la historia de la humanidad como la continuación lineal y continua de progreso. Eso era falso. La marcha del progreso no es rectilínea es una curva quebrada zigzagueante. Tan pronto como la cultura progresa tan pronto ella decae.[14]

     En una interpretación célebre y alegórica del cuadro de Paul Klee, Angelus Novus, Benjamin comparaba el progreso con una acumulación continua de escombros y de ruinas, una catástrofe ininterrumpida que el ángel de la historia, arrastrado por la tempestad, con las alas desplegadas, miraba acrecentarse delante de él, impotente y horrorizado. Lo que se tenía a considerar como una marcha triunfal de la humanidad hacia el progreso era en realidad sólo una marcha triunfal de los vencedores que desemboca en el fascismo y la guerra. Hacia el fin de los años treinta, y sobre todo en 1940, los escritos de Trotsky contienen alusiones cada vez más frecuentes a los peligros de una destrucción global de todas las conquistas fundamentales de la humanidad en caso de victoria definitiva del nacionalsocialismo en Europa. El resultado no podía ser más "que un régimen de decadencia que significaría el crepúsculo de la civilización."[15] Muy similar era también su reflexión sobre el uso profundamente antihumanista y socialmente perjudicial de la técnica en el marco del capitalismo. Ya en 1930, en una crítica del libro de Ernst Jünger,  Krieg und Krieger, Benjamin subrayaba que el nacionalismo concebía la técnica como un "fetiche del crepúsculo" en lugar de hacerla una "llave para la felicitad."[16] Por su parte, Trotsky remarcaba en el Programa de transición que el capitalismo tardío tendía cada vez más a transformar las fuerzas productivas en fuerzas destructivas. En 1940, al inicio de la guerra, escribía que "entre las maravillas de la tecnología que había conquistado para el 'hombre el cielo como la tierra, la burguesía había conseguido transformar nuestro planeta en una prisión abyecta."[17]

     Benjamín y Trotsky consideraban la revolución como una ruptura profunda de la continuidad histórica. A los ojos del crítico alemán, ésta aparecía como "un salto de tigre" en el pasado capaz redimir a los oprimidos y los vencidos de la historia, permitiéndoles actuar en el presente. El pasado debía ser penetrado dialécticamente y devuelto a sus víctimas; la tarea  de la revolución era reactivar el pasado y arrancarlo del continuum de la historia. De la misma manera, para Trotsky, la revolución no tenía nada que ver con el tiempo "homogéneo y vacío" del historicismo. En el prefacio a Historia de la Revolución Rusa él la caracterizaba como "una irrupción violenta de las masas en el dominio de la historia donde toman entre sus manos sus propios destinos".[18] Las correspondencias entre esta concepción y la de Benjamin son definidas con mayor claridad por Isaac Deutscher en las líneas consagradas a Trotsky historiador:

La revolución es para él, ese momento breve pero cargado de sentido, donde los humildes y los oprimidos tienen la última palabra, y a sus ojos este momento redime los siglos de opresión. Y él vuelve con una nostalgia que prepara para su reconstitución un relieve intenso y brillante.[19]

     Podemos pues, encontrar en estos dos autores una concepción cualitativa de la temporalidad, opuesta a la temporalidad uniforme de los positivistas. Sin embargo, la crítica del historicismo y de la idea de progreso en el caso de Benjamin era mucho más radical. Para Trotsky, así como para Marx, y toda la tradición del marxismo clásico, la revolución debía hacer avanzar la historia. Él la comparaba con un motor, en el cual las masas en acción representaban el vapor y los bolcheviques su dirección, el cilindro, Benjamin, en cambio, concebía la revolución como el advenimiento de una nueva era que habría interrumpido el transcurso de la historia. En lugar de hacer avanzar el camino de la historia, ella debía detenerlo". A diferencia de Marx, que definía las revoluciones como las "locomotoras de la historia", Benjamin veía en ellas el "freno de emergencia" que podía parar la carrera del tren hacia la catástrofe.[20]

     Esto nos lleva a una diferencia fundamental que subsiste entre las visiones del mundo de Benjamín y Trotsky: la religiosidad y el mesianismo del filósofo alemán,  el ateísmo radical del revolucionario ruso. Este último, que declaraba en su testamento que moriría siendo "un marxista, materialista dialéctico y por consiguiente ateo irreconciliable"[21], nunca habría concebido la revolución como la derrota del "anticristo" o como el advenimiento de una era mesiánica. El enfoque de Benjamin consistía en quebrar toda barrera entre religión y política, para reinterpretar el materialismo histórico a la luz del mesianismo judío. A sus ojos, Marx había secularizado, en la utopía comunista de una sociedad sin clases la imagen de la humanidad redimida en una "era mesiánica" (messianische Zeit)[22]. El comunismo no era el cumplimiento sino la superación dialéctica de la historia.

     Otra divergencia importante concernía, a mi entender, en sus concepciones de la relación entre sociedad y naturaleza. En este dominio, el pensamiento de Trotsky fue impregnado de una forma de productivismo que ya estaba presente en ciertos escritos de Marx y había marcado profundamente toda la tradición del "socialismo científico" de la II Internacional. En las páginas de Literatura y Revolución Trotsky reivindicaba con fuerza la vocación del hombre que domina la naturaleza:

El emplazamiento actual de las montañas, de los ríos de los campos, y cerca de las estepas de los bosques y las costas no puede ser considerado como definitivo. El hombre ya opera ciertos cambios no desprovistos de importancia sobre la naturaleza; simples ejercicios de alumno en comparación con lo que vendrá (...) El hombre socialista dominará la naturaleza entera, incluso sus faisanes y sus esturiones, por medio de la máquina. Él designará los lugares donde las montañas deben ser derribadas, cambiará el curso de los ríos y encausará los océanos.[23]

     Se trata simplemente de observaciones embrionarias y no desarrolladas, que no obstante son reveladoras de un pensamiento en el cual la dimensión ecológica está radicalmente ausente.

La reflexión de Benjamin sobre esta problemática se nos presenta mucho más actual y rica. Contra la concepción socialdemócrata del trabajo como el instrumento que apunta hacia "la explotación de la naturaleza" él no vacilaba en valorar las potencialiades de las utopías fourieristas que, a pesar de su ingenuidad, revelaban ante sus ojos un sentido común sorprendente,” él había descubierto con pasión los escritos de Johann Jakob Bachofen, el teórico del matriarcado, que le permitían percibir en las sociedades sin clases del pasado —el comunismo primitivo —los rastros de una experiencia cósmica-natural que había desaparecido en la modernidad. Interpretado en un sentido místico, la herencia intelectual de Bachofen había sido apropiada por el nacionalismo alemán (Stefan George y Ludwig Klages), pero también había inspirado las elaboraciones de numerosos autores marxistas desde Friedrich Engels a Paul Lafargue, de August Bebel hasta Erich Fromm. Situándose de este modo en esta línea, Benjamin pensaba que la sociedad comunista del futuro no debía ni explotar ni dominar la naturaleza, sino más bien restablecer un equilibrio armónico entre el hombre y su medio ambiente.[24]

     No se trata, pues de anexar a Benjamin al trotskysmo o de borrar las diferencias teóricas e intelectuales que lo separaban del revolucionario ruso. Sin embargo, a pesar de estas diferencias, sus pensamientos presentaban también afinidades asombrosas y permanecen portadoras de una riqueza que es necesario valorar. Según Terry Eagleton:

Las Tesis son un documento soberbio y revolucionario, sin embargo ellas evocan la lucha de clases en términos de conciencia, de imágenes, de memoria y de experiencia, guardando un silencio casi total sobre el problema de sus formas políticas.[25]

     Eagleton concluye al afirmar que "lo que queda como una imagen en el caso de Benjamin aparece como una estrategia política en Trotsky". Hay sin duda allí un elemento de verdad en esta observación, pero ver las concepciones políticas del revolucionario ruso como la prolongación de la filosofía del crítico alemán significa resolver el problema de manera un tanto simplista. Me parece más útil y correcto  considerar a Benjamin y Trotsky como dos figuras distintas en la constelación del marxismo. Las correspondencias que tratamos de establecer en sus escritos prueban que el marxismo puede enriquecerse a la vez de una crítica romántica del progreso y de un análisis científico y racional del capitalismo (así como de sociedades postcapitalistas), sobre todo cuando ellas se unen en la perspectiva comunista de la superación de la realidad presente.[26] Benjamin y Trotsky permanecen como dos fuentes fundamentales de inspiración para un pensamiento crítico y revolucionario que pretende intervenir en el mundo de hoy, a finales del siglo XX.


 NOTAS:  

* Enzo Traverso, “Walter Benjamin et Trotsky: ‘Sur une relation d’afinité elective’”, en: Cahiers Léon Trotsky, Institut Léon Trotsky, Grenoble, N.47, Enero 1992, pp.56-63, https://www.marxists.org/francais/clt/1991-1995/CLT47-Jan-1992.pdf

[1] Agradecemos a Enzo Traverso y a la revista Quatrième International por autorizarnos publicar este artículo.

[2] W. Benjamin, Gesammelte Schriften (GS) Suhrkamp. Frankfun /M. 1977, II, pp. 755-762.

[3] L. Trotsky, Littérature et révolution, 10/18, Paris, 1974, p. 196. [Literatura y revolución]

[4] W. Benjamin, Mythe et violence, Denoël, Paris, 1971, p. 310. [Mito y violencia]

[5] W. Benjamin, Correspondance, Aubier-Montaigne, Paris, 1979. p. 68. [Correspondencia]

[6] W. Benjamin, Journal de Moscou, L'Arche, Paris, 1983, p.81. [Diario de Moscú]

[7] W. Benjamin, Ecrits autobiographiques, Bourgois. [Escritos autobiográficos]

[8] W. Benjamin, Essais (1935-1940), Denoël/Gonthier, Paris, 1983. p 200. [Ensayos]

[9] Cf. W. Kraft, "Ueber Benjamin" in Sigfried Unseld (Hrsg.), Zur Aktualitiit Walter Benjamins, Suhrkamp. Frankfurt/M, 1972, p. 69; J, Selz, "Un incontro con Benjamin" in W, .Benjamin, Sull'hascisch, Einaudi, Torino, 1980, p. 151. 

[10] L.Trotsky, The First Five Years of The Communist international, Pathfinder Press, New York, 1972, vol. I, p. 211. [Los primeros cinco años de la Internacional Comunista]. Sobre la ruptura de Trotsky con el marxismo de la II Internacional, ver Ernest Mandel, Trotsky, Maspero, París, 1979.

[11] W. Benjamin, GS II 2, p. 465-505. Sobre la crítica benjaminiana de la socialdemocracia ver sobre todo Krista Greffrath, "Zur metaphysischen Konstellation von Zeit und Fortschritt in Benjamins geschichtsphilosophischen Thesen", in Peter Bulthaup (Hrsg.), Materialen zu Benjamins Thesen Ueber den Begriff der Geschichte, Shurkamp, Frankfurt/M., 1975.

[12] W. Benjamin, Essais (1935-1940), p.203.  

[13] W. Benjamin, Charles Baudelaire, Payot. Paris, 1982, p. 247.

[14] L. Trotsky, Littérature et Révolution, p.353.

[15] Citado por Pierre Broué, Trotsky, Fayard, Paris, 1988, p.917.

[16] W. Benjamin, GS lll, p. 250

[17] L. Trotsky, Œuvres, vol. 24, pp. 28-29. [Obras]

[18] Trotsky, prefacio a Historia de la Revolución Rusa, Le Seuil, Paris, 1975, vol. 1

[19] Isaac Deutscher, Trotsky, 10/18, Paris, 1980, vol. 5,  pp. 319-320. 

[20] W. Benjamin, GS 1, 3, p. 1232

[21] Citado por P. Broué, Trotsky, p. 947

[22] W, Benjamin, GS 1, 3, p. 1231

[23] L. Trosky, Littérature et Révolution, pp. 286-287.

[24] W. Benjamin, GS II, 1, pp. 219-233

[25] T. Eagleton, Walter Benjamin or towards a revolutionary criticism, Verso, London, 1983, pp. 176, 178. [Walter Benjamin o hacia un criticismo revolucionario]

[26] Ver: Michael Lowy, "The romantic and the marxist critique of modem civilization", en  Theory and society, 1987, n° 16, pp. 891-904. [El romántico y marxista crítico de la civilización moderna].

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