La resistencia de Taksim ha planteado, entre otras cosas, nuevas preguntas en cuanto a la suerte de la resistencia kurda que dura desde hace una treintena de años y ha costado la vida a alrededor de 35.000 personas. La cuestión es saber hasta qué punto un régimen que toma cada vez más un aire autoritario podrá satisfacer las expectativas de los kurdos.

En el curso de los cinco últimos años, una relación extraña se ha establecido entre la cuestión kurda en su totalidad y Turquía. De una parte, la autonomía del Kurdistán de Irak ha evolucionado hacia una casi independencia y la región ha entrado en un proceso de cuasi integración económica con Turquía; de otra parte, como consecuencia del comienzo de los combates en Siria contra el régimen de Assad, el Kurdistán del oeste ha adquirido de hecho un estatus de autonomía. Y por encima de todo, el mantenimiento del statu quo –la continuación del estado de conflicto de baja intensidad– en el Kurdistán de Turquía va cada vez más en contra de los intereses regionales del capitalismo turco. Todo esto ha obligado al AKP a orientarse hacia una solución al problema kurdo. La victoria de los kurdos no ha sido por tanto una victoria militar, sino más bien debida a que los equilibrios de fuerzas que habían jugado desde hace siglos contra ese pueblo han comenzado esta vez a cambiar a su favor.
El AKP emprendió en 2009, por medio de agentes del estado, negociaciones secretas con los representantes del PKK en Oslo, a fin de encontrar una solución al problema kurdo. Como consecuencia de este hecho inesperado, un pequeño grupo de la guerrilla atravesó simbólicamente la frontera sin sus armas, para entregarse a las autoridades. Los recién llegados fueron llevados ante los tribunales establecidos urgentemente en la frontera para salvar las apariencias y luego puestos en libertad. Sin embargo, la entusiasta acogida reservada a la guerrilla por enormes multitudes reunidas en los pasos fronterizos irritó a los círculos nacionalistas turcos y también a una amplia parte de la base electoral del propio AKP. Como consecuencia, el AKP dio marcha atrás. Luego tuvo lugar una gran ola de detenciones centradas en la rama civil no armada del movimiento nacionalista kurdo, el KCK (Unión de las Comunidades de Kurdistán): miles de miembros del KCK, entre los que se encontraban también los alcaldes de algunas ciudades, fueron encarcelados. De golpe, la situación empeoró y se volvió al punto de partida, es decir a la atmósfera de conflicto.