La reedición de la obra mayor de Maxime Rodinson, Islam y capitalismo*, es un acontecimiento intelectual para quienes se interesan por el mundo árabe y musulmán. Lo que sigue es el prefacio que he escrito para dicho libro (...).
Las palabras son diferentes, la forma de hacer las preguntas también. Y la época ya no es la misma. Volveremos sobre ello. Sin embargo, los problemas que plantea Maxime Rodinson en este libro publicado en 1966, en particular el de la relación entre islam, desarrollo económico y capitalismo en el mundo musulmán, son de una extraña actualidad. ¿Por qué las sociedades musulmanas (y, más en general, las sociedades de lo que se llamaba entonces el tercer mundo) están “retrasadas” o “subdesarrolladas”? ¿Existen reglas propias a esas civilizaciones radicalmente distintas de las que rigen Occidente? ¿Se iluminaría ese “Oriente complicado” gracias al descifrado de las suratas del Corán, a su exégesis? Interrogantes que se han vuelto aún más acuciantes con las “primaveras árabes”.
El debate es antiguo. “El islam es la unión indisociable de lo espiritual y de lo temporal, es el reino del dogma, es la cadena más pesada que la humanidad haya llevado a cuestas”. En una célebre conferencia titulada “El islamismo y la ciencia”, pronunciada el 29 de marzo de 1883 en la Sorbona, Ernest Renan -autor de Vida de Jesús en 1862, fue acusado de sacrilegio y denunciado como “blasfemo” por el Papa-, condenaba de forma inapelable al islam. Aún admitiendo el esplendor de los primeros siglos de la civilización nacida de la predicación de Mahoma, precisaba que el islamismo (el término era entonces sinónimo de islam), demasiado débil en su infancia para constituir un obstáculo para la ciencia, en “la segunda mitad de su existencia, [había ahogado] en su seno el movimiento científico, y ello para su desgracia”.








