viernes, 12 de febrero de 2016

Recordando al M.I.R. chileno: un legado para la izquierda anticapitalista

“La historia enseña que en América Latina, para hacer reformas se necesitan revoluciones” (Atilio Borón).

Brais Fernández *, en VIENTO SUR

El Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) de Chile fue una de las organizaciones más interesantes en la galaxia de grupos a la izquierda del “comunismo” oficial que surgieron en las décadas de los 60 y 70. Este artículo trata de recordar su legado, su política y, por supuesto, reivindicarlo como parte del hilo anticapitalista que se ha expresado en todos los procesos en los que la gente corriente interviene activamente para arrebatarle el monopolio de la política a las clases dominantes.

El MIR se funda en 1965 a raíz de la fusión de diferentes corrientes radicales, desde trotskistas entre los que se encontraba el historiador Luis Vitale, anarcosindicalistas, militantes estudiantiles o díscolos miembros de las Juventudes Comunistas. El MIR es producto de dos oleadas de largo alcance, que de una forma u otra se expresan en todos los países del mundo: la radicalización de un sector de la juventud y del movimiento obrero, que se cuestiona la propuesta gradualista y de consenso entre clases preconizada por la izquierda oficial y también del resurgir de un marxismo de combate, lejos de la escolástica justificadora del status quo que proponían la URSS y los aparatos que se referenciaban en ella. Un marxismo que redescubre a Lenin más allá de las ediciones de la “Editorial Progreso”, que redescubre a Rosa Luxemburg, a Lukacs y el subjetivismo de la conciencia de clase, al Trotsky anti-burocrático y de la democracia obrera, pero que también se identifica en nuevos iconos como Mao y, especialmente, en el caso del MIR, con el Che Guevara, héroe del internacionalismo revolucionario latinoamericano. Ese cocktail explosivo, lleno de subjetivismo y de voluntad por cambiarlo todo sin concesiones, es la base ideológica del MIR. Pero no sólo: la revolución cubana había triunfado, por lo que tomar el poder ya no era una utopía. Así pues, podríamos definir la ideología del MIR, de forma un poco atrevida, como “guevarismo metropolitano”; para la nueva generación revolucionaria, lo que era una utopía era quedarse de brazos cruzados.

La línea revolucionaria y la línea reformista

El MIR se concebía como una vanguardia revolucionaria que intervenía en diferentes frentes de masas: frente obrero, frente campesino, frente estudiantil... En su declaración fundacional consideraba al “proletariado como la clase de vanguardia revolucionaria que deberá ganar para su causa a los campesinos, intelectuales, técnicos y clase media empobrecida. El MIR combate intransigentemente a los explotadores, orientado en los principios de la lucha de clase contra clase y rechaza categóricamente toda estrategia tendiente a amortiguar esta lucha”. Es decir, una estrategia pensada para aglutinar a todas las clases populares, explotadas y excluidas del poder político en torno a la perspectiva de la revolución socialista, que consideraban la tarea principal del pueblo chileno. Esto chocaba con la concepción del Partido Comunista Chileno, sin duda la organización de izquierdas más fuerte del país, que planteaba que la prioridad era consolidar una democracia burguesa, de raíz capitalista, que permitiera a la clase obrera ganar posiciones en los aparatos del Estado, para posteriormente, en una fase indeterminada en la que el desarrollo económico capitalista hubiese finalizado, pasar a una fase de desarrollo socialista. Este es el debate de fondo entre el MIR y la izquierda oficial. El MIR nace para plantear la necesidad de rupturas y saltos, una discordancia entre el desarrollo económico y lo político, dado que Chile era un pais dependiente del imperialismo, que en ese contexto no se podía desarrollar linealmente, como históricamente había propuesto cierta tradición marxista que tiene su origen en la II internacional y en la socialdemocracia alemana. Esta teoría era la que fundamentaba la estrategia revolucionaria del MIR en oposición al gradualismo, o reformismo por etapas, propuesto y teorizado por el PC de Chile. Las posiciones teóricas del MIR en torno al debate “reforma o revolución” se encuentran explicadas con mucha claridad en los textos de Ruy Mauro Marini “Chile: ¿transición o revolución?/1 o “El reformismo y la contra-revolución: escritos sobre Chile/2, donde hace un balance de la derrota del gobierno de Unidad Popular. Ruy Marini, que era brasileño (otra muestra más del internacionalismo de la época), fue uno de los fundadores de la “teoría de la dependencia”, y, además de prestigioso economista y sociólogo, fue miembro del Comité Central del MIR y el editor de su revista teórica “Marxismo y revolución”. Sus escritos son sin duda de una profundidad teórica muy valiosa y muy útiles para comprender la “lucha de líneas” que se dio en el proceso chileno.

El MIR no descartaba el surgimiento de una democracia parlamentaria liberal en Chile, pero advertía sobre sus límites. Para empezar, el desarrollo capitalista no garantizaría el papel central de la clase obrera, sino que la clase obrera tendría que conquistar mediante la lucha ese papel. En segundo lugar, dada la configuración y el modelo de desarrollo de la estructura económica chilena, el capital y la burguesía eran subalternos y dependientes de EEUU, por lo que no existía una burguesía nacional, democrática y progresista con la que pactar, tal y como pregonaba el Partido Comunista de Chile en su estrategia de Frente Popular y alianza entre clases. Esto llevaba al MIR a considerar a la Democracia Cristiana, principal partido de la clase dominante chilena, como un enemigo a derrotar y no como un aliado potencial en la fase democrático-burguesa, tal y como pregonaba el PC de Chile. En tercer lugar, la hipótesis estratégica del MIR era insurreccionalista y armada, basada en la confrontación frontal con los aparatos del Estado y en la construcción de Poder Popular como base para generar una nueva institucionalidad desde abajo, capaz de sustituir al Estado Capitalista como espacio para la organización de la sociedad. Esta estrategia se oponía a la del Partido Comunista, basada en ganar posiciones en los aparatos del Estado sin modificar su estructura, centrando la lucha por las reformas en el parlamento, con una política en donde la clase obrera no experimentase formas de auto-organización y de doble poder, sino que estuviese en tensión apoyando al gobierno.

La experiencia práctica del MIR en el contexto de la Unidad Popular: límites y potencias

El MIR, dirigido por Miguel Enríquez, nunca llegó a ser una organización capaz de disputar la hegemonía al Partido Socialista de Allende o al Partido Comunista, pero sí fue una organización que influyó, condicionó y participó activamente en el proceso político que se abre en Chile con la victoria de la Unidad Popular en 1970. En su momento álgido llegó a tener 10 000 militantes, muy lejos del PC o del PS, con una buena implantación entre el estudiantado y los barrios subproletarios de las ciudades, los más desfavorecidos y donde primaba la lucha popular por los servicios comunes. El MIR fue bastante débil entre el campesinado (excepto entre los mapuches, donde gozó de cierta implantación) y sobre todo, entre la clase obrera sindicada, bastión del PCCh y elemento decisivo en proceso político: las listas sindicales del MIR apenas lograron el 3% en las elecciones internas de la Central Unitaria de Trabajadores.

La primera reacción del MIR a la victoria de la Unidad Popular de Allende fue hostil. El MIR asociaba automáticamente la victoria electoral a “capitulación”, minusvalorando la profunda brecha que abría el establecimiento de un gobierno de izquierdas en Chile. La victoria electoral supuso la radicalización del conflicto de clase entre un gobierno reformista radical y una burguesía pro-imperialista dispuesta a confrontar para derrocar el proceso. EL MIR rectificó rápidamente y pasó de una oposición frontal al gobierno a un apoyo crítico que le permitió relacionarse con sectores más amplios de las clases populares que veían al gobierno con esperanza, eso sí, siempre desde una posición anti-electoralista e insurreccionalista. Hay una anécdota muy simbólica de esa relación de amistad y crítica entre el gobierno (sobre todo con el Partido Socialista de Allende, mucho más radical y abierto que el PC) y el MIR: la guardia personal de Allende estaba a cargo del MIR.

Este es uno de los límites teóricos y estratégicos del MIR, que se movía en una etapa de transición, en la que las democracias liberales no era sólidas y estables ni en apariencia “irreversibles”, pero la vía electoral aparecía ya como una vía legítima para acceder al gobierno para amplios sectores de las clases trabajadoras y de las clases medias. La negativa del MIR a participar en el juego electoral tendía a aislarlo de amplios sectores de la gente humilde y a carecer de política en un terreno de juego que suscitaba la atención de millones de personas. Sin embargo, el razonamiento teórico que subyacía la posición del MIR no puede ser desechado como infantil. Ruy Marini explicaba que la vía meramente electoral permitía que el proceso fuese hegemonizado por las clases medias: “Para ganarse la adhesión de las capas medias, la izquierda tiene que mantenerse en una vía que le entrega a éstas una posición hegemónica. Pero se trata de un falso dilema. Mantenerse en el cauce legal, respetando el régimen de elecciones democráticas, no significa necesariamente definirse por el actual sistema parlamentario. Muy por el contrario, el proceso de cambios por vía legal exige la modificación de ese sistema y su remplazo por otro que asegure la consecución de un doble objetivo: reducir el peso específico de las capas medias y aumentar la influencia de las amplias masas populares en la vida política.” Una posición sugerente, sin duda.

La estrategia del MIR se resumía en el lema: “luchar, crear, poder popular”. Este lema sintetiza la vocación del MIR de construir contrapoderes capaces de desbordar al estado capitalista, de llevar el conflicto a los centros de trabajo, pueblos o barrios. El Poder Popular se basaba en los embriones de “consejos” que suponían los cordones industriales u otros espacios de auto-organización que surgen en la ciudades o en el campo. Representaban una alternativa al poder de las instituciones oficiales y en muchos casos, llegaron a asumir la gestión cotidiana del reparto de alimentos o la gestión de las empresas ante el sabotaje de la patronal. Esta tensión entre el viejo Estado y las nuevas formas de institucionales (esto es, de auto-gobierno de los trabajadores) está presente en los tres años de gobierno allendista, como refleja el maravilloso documental de Patricio Guzmán “La batalla de Chile”/3Revolución y contra-revolución chocan, confrontan.

El desenlace es conocido. El gobierno de Unidad Popular fue derrocado y derrotado por un golpe de estado liderado por un general que había jurado lealtad a Allende, el siniestro Pinochet. EL MIR había insistido una y otra vez en la necesidad de armar al pueblo para una confrontación que se preveía inevitable. Esta tesis es reconocida como válida incluso por autores en las antípodas de las posturas del MIR, como Joan Garcés en su libro “Allende y la experiencia chilena”, donde este antiguo asesor de Allende hace un recorrido por los dilemas de la experiencia del gobierno de Unidad Popular. Este libro es muy interesante para conocer el contexto en el que se movió el MIR: aunque no compartamos la hipótesis estratégica que defiende el autor, es un recorrido magnífico por los problemas tácticos a los que se enfrenta un gobierno de izquierdas en un contexto hostil.

La llegada de la dictadura de Pinochet significó el fin de la experiencia del MIR, al menos de su fase más interesante, del trabajo revolucionario abierto y vinculado a un proceso de masas. La dictadura “de nuevo tipo” impuesta por Pinochet y EEUU, que combinó métodos fascistas como la exterminación física de las organizaciones obreras con un neoliberalismo privatizador impulsado por la Escuela de Chicago, derrotó tanto a la izquierda reformista como a la revolucionaria. El MIR continuó con acciones guerrilleras con escaso éxito y a día de hoy quedan en Chile varios grupos muy pequeños que se reclaman como herederos del MIR, aunque no tienen mucho que ver con lo que fue el partido del “poder popular”.

El legado del MIR

En la película “Calle Santa Fé”, de Carmen Castillo, que era la compañera de Miguel Enriquez, secretario general del MIR, cuando murió en combate frente a la dictadura, se ven los efectos de la derrota de una revolución. Pero el MIR forma parte de esa parte de la historia muchas veces olvidada; siempre que hay un proceso político abierto, hay un sector que opta por la conciliación, por una salida tibia, por una reforma. Pero también hay otro que apuestan por la ruptura, por la lucha, por quererlo todo. Más allá de sus errores o aciertos, la historia del MIR es la historia de los que creen que la democracia es socialista o no será, de los que piensan que la historia no se desarrolla sola, sino que es un producto de la lucha de clases, es decir, que no es inevitable, sino que podemos conquistarla.

No se trata de tratar de repetir el MIR ni el Partido Bolchevique. La mayoría de gente que cree que en política “hay que ser como” o que “hay que reconstruir no se qué” o bien están locos o bien lo hacen para construir una caricatura de las ideas revolucionarias. Pero sí que debemos tener presente aquello que decia Rodolfo Walsh: “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas”.

Por eso, en otro contexto, siendo otra generación, utilizando otras tácticas y estrategias y hasta otras palabras, seguimos luchando por lo mismo que el MIR.

Notas.
12/02/2016

Brais Fernández forma parte del secretariado de redacción de Viento Sur y es militante de Anticapitalistas.

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