miércoles, 12 de abril de 2017

Los sueños son delitos en Paraguay, uno de los países con mayor cantidad de presos políticos

Paraguay junto con Colombia y Honduras, son los países donde existen el mayor número de presos políticos.

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Paraguay, uno de los países con mayores presos políticos

Alicia Amarilla, de CONAMURI. En DemoInfo-Paraguay


Paraguay junto con Colombia y Honduras, son los países donde existen el mayor número de presos políticos, según Alicia Amarilla de la organización de mujeres campesinas e indígenas CONAMURI entidad que acompaña a los 6 campesinos paraguayos considerados presos políticos que lanzaron el libro “Desde nuestro rincón de lucha: Memorias de una década de injusta prisión”.
La violación de los derechos campesinos es una realidad en nuestro país no visibilizados en la sociedad.
ESCUCHE AUDIO AQUÍ: 

http://demoinfo.com.py/paraguay-uno-de-los-paises-con-mayores-presos-politicos/


En Paraguay los sueños son delito

Seis campesinos guaraníes presos hace 11 años, primero en Argentina y luego en Paraguay, evidencian la criminalización de las organizaciones campesinas en Paraguay.
Lisa Buhl y Camila Parodi. Asunción, Paraguay. En La Jornada

Este es un país muy verde, un verde que a primera vista resulta tentador. Estas impresiones engañan: se trata de un territorio invadido por el agronegocio. Los montes son deforestados progresivamente para la producción ganadera a gran escala. Hay grandes monocultivos de soja y maíz con semillas transgénicas, tecnología mecánica y agrotóxicos. En manos de unos pocos se concentra el 77 por ciento (%) de las áreas productivas. El 40 % de los pequeños agricultores familiares e indígenas poseen tan solo el 1 % de las tierras. No es un dato menor saber que Paraguay es, con un 43 %, el país con mayor población rural de América Latina.

Este modelo se profundizó a partir del golpe constitucional en 2012. En este marco se produjo la masacre de Curuguaty, por un violento desalojo de tierras pertenecientes al Estado, donde murieron once campesinos y seis policías, además hubo un número indeterminado de heridos. El poder oligárquico y terrateniente utilizó el hecho para impulsar el juicio político al presidente Fernando Lugo, acusándolo de mal empeño de sus funciones y vinculándolo con la masacre como responsable político. La política golpista criminalizó a los y las campesinas que sostuvieron la ocupación de las tierras fiscales de Marina Cué, condenándolos a penas de hasta 35 años. Se generalizó el miedo y se retrocedió en la lucha por la tierra y la soberanía alimentaria, aunque las organizaciones campesinas e indígenas y de los distintos movimientos sociales se mantienen en pie.

Seis campesinos. 
La criminalización del movimiento campesino data de mucho tiempo atrás. Es producto del avasallamiento de la soberanía del pueblo paraguayo, marcado por la guerra de la Triple Alianza, la dictadura de Stroessner, el Plan Cóndor y las políticas neoliberales e imperialistas. En 2006, los seis líderes campesinos Basiliano Cardozo, Arístides Vera, Simeón Bordón, Gustavo Lezcano y Agustín Acosta del partido Patria Libre, y Roque Rodríguez Torales del Movimiento Agrario Paraguayo, fueron imputados por el secuestro y homicidio de Cecilia Cubas, hija del expresidente Raúl Cubas Grau. Ese crimen, como muchos otros, fue producto de la disputa entre las fracciones del poder local, atravesada por la militarización norteamericana y la criminalización del movimiento popular y campesino. En el prólogo del libro de Agustín Acosta Reflexiones políticas desde la cárcel, Claudia Korol, del Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía, explica: “Para la geopolítica de la hegemonía norteamericana, Paraguay es una pieza clave en el Cono Sur, un lugar para establecer bases militares para proteger sus acciones criminales y para amenazar a los pueblos de la región y a una perspectiva de integración latinoamericana”.

A pesar de haberse presentado en todas las instancias requeridas ante el juez, no se cambió la acusación y finalmente los detienen por “secuestro, homicidio doloso y asociación criminal”. La fiscalía y la querella no tuvieron nunca pruebas. Para los campesinos esa fue la señal de alarma para solicitar refugio en la embajada argentina en Asunción por falta de garantías. Su solicitud fue respondida favorablemente, pero al notificarse en Argentina ante el organismo responsable del refugio, fueron procesados y detenidos por orden de la justicia paraguaya.

Siguió un proceso plagado de irregularidades, con la complicidad de medios de comunicación, instituciones judiciales, fuerzas represivas y poderes locales, para criminalizar el movimiento campesino y debilitar a la alianza opositora encabezada en ese momento por Fernando Lugo. Después de dos años presos en Marcos Paz, son extraditados a Paraguay. El gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner les niega refugio político. A partir de 2008 se encuentran en la cárcel federal Tacumbú de Asunción.

La cárcel de Tacumbú está a pocos kilómetros del centro de Asunción. Junto con Petrona Villaesboa, de la Coordinadora Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas (CONAMURI), visitamos a los seis. La entrada a la cárcel propiamente dicha es repugnante. El primer portón no dista tanto de las cárceles argentinas, pero ingresar al predio donde se encuentran los pabellones no tiene comparación. Los presos están desamparados; el servicio penitenciario no garantiza los insumos para las necesidades básicas. Quien no cuenta con dinero o apoyo de su familia no tiene otra alternativa que dormir en los pasillos, comer de la basura que entran los camiones de recolección una vez al día, esperar la lluvia para bañarse. Lo que sí circula es droga, deteriorando más la vida de los aproximadamente cuatro mil presos, en su mayoría jóvenes.

Tras un segundo portón se encuentran todos los pabellones, sin divisiones. Algunos presos guían a las visitas a cambio de monedas; otros van a buscar a los propios. Agustín está esperándonos. Caminamos en silencio, entre barullo y miradas, y llegamos a su lugar. Intercambiamos los primeros tererés y las primeras palabras mientras llegan Basiliano y Simeón. Una de las primeras intervenciones proviene de Petrona, campesina de largo recorrido de lucha: “Ustedes están en la cárcel chica, nosotras en la cárcel grande”. El tereré comienza a circular y Petrona se presenta en guaraní. Se identifica con la situación de los presos. Comparte la historia de su familia. Tanto su hermano como su hijo Silvino Talabera fueron asesinados por mano del Estado paraguayo (el primero, durante la dictadura de Stroessner). Simeón, uno de los seis, expresa emocionado que gracias a estas palabras identifica que Petrona es su tía segunda. Este encuentro, comenta Agustín, “pone en evidencia las víctimas de la persecución de un sistema que no para. Nos enorgullece saber que hay personas que luchan contra la injusticia y la opresión en Paraguay. Si no fuera así, no estaríamos acá celebrando el encuentro. Estamos inmersos en un sistema que sigue teniendo al pueblo en una miseria feroz”.

Las puertas que sí están abiertas. Arístides reflexiona sobre el lugar de las mujeres en la lucha: “Sin su protagonismo y una profunda equidad de género no hay revolución posible. Esto no lo aprendemos en la capilla ni en los partidos políticos, se aprende de la lucha. La sociedad es como un naciente de agua que corre y no encuentra el cauce. Estamos en una sociedad de opresión e imposición de un modelo, donde la convivencia comunitaria se rompió. Tenemos el desafío de encontrar la receta para accionar contra eso; no alcanza con decir que está mal el sistema, eso ya lo sabemos”. Agustín agrega: “Hay momentos de la Historia que demuestran que se puede, las experiencias de Cuba, Rusia y tantas comunidades, o la gran Nación Guaraní donde funcionaban el reparto equitativo y el intercambio”. Arístides suma: “Este es nuestro delito, se los compartimos”, y sonríe con complicidad, “enseñar a nuestros pares campesinos que existieron sociedades distintas y que se pueden volver a construir. Nos ha enseñado el encierro en este maldito lugar que el sistema puede destruirnos físicamente, pero no matará nuestras ideas”.

Simeón interviene en guaraní y Agustín traduce: “A partir de estos espacios de encuentro, de educación popular donde intercambiamos saberes, podemos multiplicar nuestras ideas. Para nosotros fueron en primer lugar las escuelitas campesinas”. Recuerda la realidad del campo en Paraguay: “La producción extensiva expulsa a los campesinos”. Agustín agrega: “Con la Escuela Soledad Barret retomamos esa experiencia. Vienen compañeras y compañeros como ustedes, con quienes compartimos que la opresión no es el camino para el ser humano”. Cita la carta de Soledad Barret a su madre cuando se va del Paraguay: “Si nos quieren ayudar y no pueden venir a nuestra escuela, basta con ayudar a los desalojados, a los desprotegidos, a los indígenas, a los niños y niñas de las calles, que ahí estaremos”.

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